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EL TELAR DE DIOS AÚN ESTÁ FUNCIONANDO

Actualizado: 6 jun 2024


Esta frase de Anne Lamott me gusta mucho: El perfeccionismo se basa en la creencia obsesiva de que, si corres con suficiente cuidado, dando justo en cada peldaño, no tendrás que morir.  La verdad es que morirás de todos modos y que muchas personas que ni siquiera se miran los pies lo harán mucho mejor que tú y se divertirán mucho más mientras lo hacen.


Y esta frase me recuerda que en el pasado fui muy perfeccionista. Hace unos años, recién salió mi libro “En la Escuela del Dolor”, iba en un transporte público para una cita médica; y mientras miraba por la ventana, iba dialogando con Dios en mi mente, había cometido una imprudencia y me iba dando palo por no ser perfecta y tuve miedo de que Dios no me permitiera escribir más. Entonces, la voz del Señor llegó como un susurro a mi corazón y me habló “que Él no me usaba porque yo fuera perfecta, lo hacía con base en su perfección”. ¡Qué gran descanso!


No es por lo que somos o hacemos o dejamos de hacer, es por lo que Él es y por su obra en nuestra vida. Es en su justicia, pues nuestra justicia es como trapo de inmundicia. El Señor Jesús está trabajando para que su vida crezca en cada uno de nosotros, incluso cuando tropezamos y caemos. Porque, ¿quién de nosotros no la ha embarrado alguna vez? Todos hemos fracasado y cometido errores, aun después de conocer a Jesús. Que levante la mano el que esté libre de pecado.


Y embarrarla duele, porque herimos a nuestro Señor. Pero podemos correr a Él sin vergüenza, sabiendo que solo Él puede cambiarnos y está encaminando todas las cosas para que así sea. Nuestra relación con Jesús se basa en su amor, no en nuestra supuesta “perfección”.


Cuando Pedro le falló al Señor y lo negó, esto causó un gran dolor a su corazón. Estaba arrepentido y no hay sentimiento más insoportable que este. Si le has fallado al Señor sabes de lo que estoy hablando. Las personas que no se sienten mal cuando le fallan a Dios o a otra persona, realmente están ciegos, llenos de orgullo y tienen una conciencia entenebrecida por completo. Como dice la frase de Jim Rohn citada por Frank Viola: “Todos debemos sufrir uno de dos dolores: el dolor de la disciplina o el dolor del arrepentimiento. La diferencia es que la disciplina pesa onzas mientras que el arrepentimiento pesa toneladas”.


A Pedro le pesó arrobas traicionar al Señor, le dolió hasta el alma y se arrepintió. A Judas le dio remordimiento entregar a Jesús, pero en vez de arrepentirse, se desesperó y acabó con su vida. Esto nos dice que hay un arrepentimiento para la vida y otro para la muerte. Pedro amaba al Señor y lo había conocido. Judas nunca conoció a Jesús, a pesar de que caminó los mismos años con Él. Podemos caminar con Dios y decir que somos cristianos, y no conocerlo. Conocer a Jesús hace la diferencia, por eso Él debe ser revelado en nuestros corazones, su Espíritu nos debe dar ojos para verlo en el interior de nuestra vida.

 

Pedro fue presumido, se creía perfecto, igual que a veces lo creemos nosotros. Su famosa frase: “Aunque tenga que morir, nunca te negaré” (Mateo 26: 35), es la muestra de su jactancia. Jesús lo sabía. ¿Quién más nos conoce mejor?


Señor, tú me examinas y me conoces. Sabes cuándo me siento y cuándo me levanto; aun a la distancia me lees el pensamiento. Salmos 139: 1 - 2


Pedro sintió miedo y su fe se desplomó. Y al otro día, se sentía como una vil cucaracha. Pero la cruz le iba a demostrar que Dios nos redime de nuestros peores fracasos, nos salva de nosotros mismos en la cotidianidad de nuestra vida. Yo le he fallado al Señor y puedo dar fe de ese amor y de esa redención y restauración. Dios redime nuestro peor momento cuando vamos a Él y no huimos como lo hizo Judas. Pedro corrió a Dios y lloró como un niño pequeño. Dice la versión de la Biblia MSG: “Y lloró, y lloró y lloró” (Lucas 22: 62). Creo que hasta que no le quedaron lágrimas.


Y cuando Jesús resucitó, los ángeles les dijeron a las mujeres: “Vayan y díganles a los discípulos, incluyendo a Pedro” (Marcos 16: 7). ¡¡Guau!! No les dijeron: “Incluyendo a Juan o a Felipe o a Santiago”. No, a Pedro, al que traicionó, al que negó, al cobarde, al fanfarrón, al que se creía “el más”. Esto es amor, perdón, misericordia y restauración a la máxima potencia. (Ahora puedes hacer un pequeño bailecito y gozarte por esto; claro está que yo estoy llorando mientras te escribo). Y ahí estaba Pedro, un apóstol imperfecto y restaurado hasta los tuétanos, de pie ante la multitud el día de Pentecostés, alimentando a los corderitos del Señor. ¡Impresionante! Pedro llegó a conocer el amor de Jesús, como nunca antes, después de este episodio. Si no tenemos una revelación en nuestro corazón acerca de Jesús, si solo tenemos doctrinas y religión, responderemos como Judas, nunca como Pedro.


Así que, si le has fallado al Señor, si lo has ofendido, si has fracasado, si has tomado una mala decisión, si pecaste de una o de otra manera, ve a Él y pídele perdón. Dile que, si pudieras retroceder el tiempo, no harías lo que hiciste o no dirías lo que dijiste. No te culpes más. Jesús te ama inmensamente. Si le fallaste a alguien, si ofendiste a alguna persona cercana, pídele perdón y restáurala. Jesús murió por tus pecados pasados, presentes y futuros, por mil millones de arrepentimientos más, esto no fue solo para Pedro. Dios no desprecia un corazón contrito y humillado (Salmos 51: 17). Su gracia está ahí para ti, para redimirte de tu peor momento. Tómala, es tuya, aférrate a ella. No te sueltes de su gracia y misericordia. Él te está transformando, así en el camino tenga que corregirte y te duela.


Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, cuyos pecados son cubiertos. Dichoso aquel cuyo pecado el Señor no le toma en cuenta, y en cuyo espíritu no hay engaño. Salmos 32: 1 - 2


Dios puede transformar nuestros desastres en bendición, si nos arrepentimos. Todas las cosas obran para bien (Romanos 8: 28), aun nuestras grandes equivocaciones. Dios puede darte gloria en lugar de ceniza (Isaías 61: 3) y entresacar lo precioso de lo vil (Jeremías 15: 19). Él está tejiendo un gran tapiz, así como mi amigo Andrés y su padre Marcos, que hacen un trabajo precioso en sus telares. Nuestro Gran Tejedor está haciendo que todos esos hilos oscuros (de circunstancias adversas y aun de nuestros fracasos) encajen en los demás hilos para hacer de todos ellos un hermoso tejido, dentro del modelo que Él ha planeado desde el principio. Al que se le perdona mucho, ama mucho (Lucas 7), y no es que tengamos que hacer males para amar más al Señor, es que nos damos cuenta de que su gracia y su misericordia es inmerecida. Y por eso lo amamos más. En algún momento el telar estará en silencio y la lanzadera dejará de volar. Por ahora, Dios está hilvanando su vida en la tuya y en la mía, dejémoslo hacer su trabajo y corramos a sus brazos.


“Bendice, alma mía al SEÑOR; y todas mis entrañas al Nombre de su santidad. Bendice, alma mía, al SEÑOR, y no olvides ninguno de sus beneficios: el que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades, el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordia…”. Salmos 103: 1 - 4


Hasta la próxima.


A.L.

 

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