UN ENCUENTRO QUE TRANSFORMA
- 8 mar
- 6 Min. de lectura

Estos son artículos diferentes a los que regularmente publico en este blog. Y serán compartidos los domingos. Bienvenidos a "Susurros dominicales". ¡Qué los disfrutes!
No pudo existir en la tierra un encuentro más maravilloso que con el Dios Encarnado. Todo acercamiento fue algo extraordinario para la persona que se cruzó en el camino con Él. El Padre preparó cada encuentro y fue transcendental en la vida de aquellos que se encontraron con la Palabra hecha carne. (Ver Juan 1:1 – 14).
Ninguna persona que halló a Cristo fue la misma, algo en su corazón cambió, algo en su interior fue conmovido; hubo un antes y un después de Jesús. Porque si un encuentro con Él no marca la diferencia, entonces, no fue un encuentro con el Jesús vivo. Cuando nos encontramos con Cristo, nuestra vida entera es tocada. Todo lo que somos en nuestra vieja naturaleza se deshace por completo cuando somos hallados en el camino, cuando Él se allega a nosotros es imposible ser los mismos. El conocimiento mental de la existencia de Cristo no cambia a nadie, pero un encuentro verdadero con Él, nos otorga una nueva naturaleza, cambia nuestro caminar y nos da una nueva vida. No se puede estar cerca de Cristo por mucho tiempo sin que haya una transformación, esto es imposible; estar cerca de Él nos tiene que llevar a una verdadera metamorfosis. Su presencia es la que nos transforma, no una religión o una simple doctrina.
Cada mujer que tuvo un encuentro personal con Jesús, fue sacudida profundamente por su amor:
La mujer con el flujo de sangre.
Según la ley, era considerada inmunda y no podía tocar a nadie y aquel a quien ella tocara se le consideraba inmundo. Ella era una mujer marginada por la sociedad judía; sin embargo, Jesús no la recriminó, como lo hubieran hecho los fariseos, porque según a los ojos de ellos, Él se había contaminado, pero Cristo la llamó “Hija” y elogió su fe. (Ver Lucas 8: 43 – 48, Marcos 5: 25 – 34 y Levítico 15: 19 – 33).
La mujer encorvada que Jesús sanó en el día de reposo.
Con ternura le dijo: “Mujer” y puso sus manos sobre ella. Los fariseos lo criticaron por sanar en este día, porque poner sus manos sobre ella lo consideraban trabajo; no obstante, Jesús desaprobó su actitud hipócrita y fue hábil al utilizar el argumento judío “cuanto más”; ellos mostraban más misericordia con su buey o su asno que con una hija de Dios. Él la llamó: “Hija de Abraham”, un título que no se usó en ningún otro lugar en las Escrituras. (Ver Lucas 13: 10 – 17).
La mujer samaritana junto al pozo.
Jesús por amor a ella rompió dos prejuicios de la sociedad en aquella época. Primero, le habló a una mujer en público, pues estaba prohibido por el judaísmo rabínico:
Cada vez que un hombre aumenta la conversación con la mujer, se causa el mal a sí mismo y descuida las palabras de la Torá, y, en su extremo, hereda Geihinam (Mishnah Pirkei Avot 1:5).
Además, según otras creencias, pedir agua era como estar coqueteando con ella y más si la mujer estaba sola; no obstante, sabemos que Jesús no se acercó a ella por esta razón, los propósitos del Señor siempre van más allá de nuestra mente carnal.
Segundo, le pidió agua a una samaritana. Entre los judíos y los samaritanos había un límite cultural que los separaba racialmente, aunque adoraban al mismo Dios. Eran hostiles los unos con los otros y mucha de la comida de los samaritanos, los judíos la consideraban inmunda, así que beber del cántaro de ella era impuro. Pero Cristo le habló a su corazón y le reveló verdades profundas que ningún judío había escuchado antes. Ella vino sola a recoger agua, quizá porque era rechazada por las otras mujeres de Sicar debido a su reputación. Y allí, en ese pozo, Jesús le reveló que Él era el Mesías; en muchas ocasiones le prohibió a sus discípulos decirlo abiertamente, pero a ella sí se lo reveló y lo hizo manifiesto en Samaria, ya que no podía hacerlo en Jerusalén, la capital de la religión. (Ver Juan 4: 1 – 26).
La mujer sorprendida en adulterio y condenada por una multitud hipócrita.
No trajeron al hombre para ser también apedreado, pero sí la trajeron a ella. No obstante, sus negros corazones no pudieron tomar ninguna piedra, porque les pesaba su conciencia. Enderezándose, le preguntó con dulzura :
― Mujer ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te ha condenado?
Y quedando los dos solos, fue perdonada en el mismo instante.
― Ni yo te condeno; vete, y no peques más. Fueron las maravillosas palabras de nuestro Señor. (Ver Juan 8:1 – 11).
La mujer pecadora que derramó un perfume sobre los pies de Jesús.
Llorando y enjugándolos con sus cabellos, siendo juzgada por el fariseo, pero perdonada por un Cristo lleno de misericordia. Este fue otro prejuicio que Jesús quebrantó al hablar con una mujer de mala reputación. Esto hirió la sensibilidad religiosa de los fariseos, pues aceptó el perfume usado en la profesión de esta mujer. Jesús se fijó en ella y no fue discriminada ante sus ojos ―como se hacía en esta sociedad―, vio con ternura su acto de amor por Él, cosa que no hizo Simón, el fariseo.
― ¿Ves a esta mujer, Simón?―, le dijo Jesús. Y fue como si nuestro Señor le afirmara: ― Porque yo si la veo.
Nadie lavó sus pies cansados y fatigados, nadie en esa casa le dio el lugar que se merecía; sin embargo, una mujer lo hizo, lavó sus pies con lágrimas de arrepentimiento. Él la vio con amor y valoró su acto. Esta mujer vio algo en Jesús que no veía en los conocedores de la ley de Dios. Ella vio que Él era su única esperanza para ser perdonada y, por esto, se asió de Jesús, porque descubrió en Él la verdadera Luz. (Ver Lucas 7: 36 – 50).
María de Betania, hermana de Lázaro y Marta.
Quizás escuchó de aquella mujer que derramó el perfume en casa del fariseo y ella también quería derramar su tesoro más preciado en Jesús, su perfume de nardo puro (este era un aceite valioso importado de la India o del sur de Arabia), tan costoso era, que valía el salario de todo un año de un trabajador común. Se preservaba en un alabastro y cuando se rompía el frasco se debía utilizar de inmediato todo el contenido. Ella utilizó una libra, esto era como medio litro de perfume, es decir, que su adoración fue excesiva, pues un perfume contenía más o menos una onza.
Pero a ella no le importó el costo del perfume, ya que Jesús lo valía todo, toda pérdida era estimable por amor a Cristo, porque Él era lo más valioso para su corazón. Lo derramó sobre Él sin pensar en el costo o en el qué dirán (ella enjugó sus pies con sus cabellos y el que una mujer soltara su cabello era escandaloso para los judíos religiosos y más en presencia de un maestro soltero), lo ungió, pues Él era su dueño y había sido cautivada por Él.
La unción la hacían los varones profetas a los reyes antes de su coronación y ella en ese instante asumió el papel de profeta. La vida de esta mujer se derramó como libación para Él, fue un acto de amor extraordinario y una adoración humilde, llena de obediencia y sumisión, y lo consoló antes de su hora de dolor. (Ver Juan 12: 1 – 8 y Mateo 26: 6 – 13).
María también fue criticada por estar sentada a los pies de Jesús, ya que una mujer no podía escuchar las enseñanzas de un maestro, le era prohibido.
Quienquiera que enseñe a su hija la Torá es considerado como si él le enseñara su necedad. (Mishnah Sotah 3:4)
Según la época, el lugar de la mujer estaba en la cocina. Y por eso era grave que ella hiciera esto. Adam Clarke, citado por Michael Clark, comenta:
“Esta fue la postura de los eruditos judíos, mientras escuchaban las instrucciones de los rabinos. Es en este sentido que San Pablo dice que fue criado a los pies de Gamaliel” (Hechos 22:3).
Jesús la defendió delante de Marta, su hermana y de los discípulos, desaprobó la actitud machista de la época y afirmó que la elección de María era la mejor. Ella tomó la postura de discípula y al Maestro de maestros le agradó esto y no la rechazó. (Ver Lucas 10: 38 – 42).
Todas disfrutaron de un precioso encuentro con Cristo y su memoria nunca será olvidada. Cada una tiene su lugar en los Evangelios y sus vidas quedaron registradas. En ellas se produjo un cambio, un servicio, una adoración, provocó lo que Cristo deseaba en sus vidas. Un encuentro con Jesús, nos cuesta nuestra propia vida, ella se pierde por completo en sus manos para ganar la vida de Él.
Este extracto proviene de mi libro:





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