DESENCAJADOS
- Adriana Lelión
- 14 nov 2024
- 5 Min. de lectura

Estaba viendo una película en que dos tipos se peleaban. Ambos eran muy fuertes. La pelea se estaba prolongando y ninguno de los dos quería ceder. Hasta que uno de ellos, en un intento de quitarse encima a su contrincante, le dislocó el hombro. El tipo desencajado gritó de dolor, la pelea se detuvo y ganó el hombre que desencajó al otro. Esto me recordó el episodio de Jacob y de su cadera desencajada.
¡Qué gran combate entre el varón y Jacob! Léelo en Génesis 32: 24 - 32
Pues resulta que este varón, era el mismo Dios y, ese día, Jacob salió cojeando. Y comprender esto, me ha servido para entender nuestro caminar con el Señor, para no andar buscando fuegos artificiales en el Reino de Dios. Conocer esta historia, ha corregido años de búsqueda de servicios grandiosos, testimonios grandiosos, ministerios grandiosos, experiencias externas y sobrenaturales. Porque lamentablemente, todo esto no nutre nuestro caminar con Dios.
Como escribió Austin Sparks: “Pero un caminar con Dios en los lugares celestiales es muy a menudo un caminar en el que ves muy poco exteriormente, y tienes que tener un sustento espiritual especial para eso. Nuestro sustento no proviene de los sentidos, nuestro sustento viene en la línea de lo que Cristo es para nosotros”.[1]
Jesús derramó su alma hasta la muerte (Isaías 53: 12). Eso fue un vaciamiento total. Un abandono de Sí mismo, una rendición completa por acoger la voluntad de su Padre. Los milagros, aunque hicieron correr la voz, no fueron para hacer famoso a nuestro Señor; es más, cuando sanaba a alguna persona, le decía que no dijera nada. Él siempre manejó un perfil bajo. Estar obsesionados con los fuegos artificiales no nos ayuda a cargar la cruz. Pues cuando en realidad tomas tu cruz, no corres hacia este tipo de cosas llamativas. Cuando tomas tu cruz, andas muy despacio, sin llamar la atención, porque el viaje con Dios es largo y lento, con muchas curvas y obstáculos en el camino.
Entonces, caminar lento, nos permite mantener nuestros ojos puestos en el Señor, siendo fieles a Él. Y mientras caminamos, hay un progresivo aumento de la vida de Jesús y una disminución de nosotros mismos, paso a paso, un día a la vez. Una conformidad a su imagen, una renuncia diaria a nuestra voluntad. Cada circunstancia, cada prueba, cada dificultad es permitida para moldearnos hasta que Cristo tome forma en nosotros y seamos reducidos por completo a Él.
Con Dios, experimentaremos tiempos de mucha presión y aunque Él nos proporcionará momentos de alegría y de refrigerio, no podremos escapar de ciertas circunstancias, pese a que queramos huir. Y no huiremos si hay fidelidad al Señor en nuestro corazón. Y es esa fidelidad la que nos mantendrá en marcha. Y en el trayecto, viviremos muchas situaciones que nos volverán cojos de por vida.
Los humanos no somos perfectos, yo no soy perfecta, no creas que porque escribo todo lo tengo resuelto. Vivimos en un mundo de apariencias y tratamos de cubrir nuestras imperfecciones. Pero las vidas retocadas y maquilladas externamente no benefician a nadie. Por eso, he tenido que aprender (como muchos otros), la lección de no confiar en alguien que no cojea. Espero que tú también la estés aprendiendo.
Hollywood nos vendió la idea de que Superman salva a la humanidad, porque es el hombre de acero; con su peinado perfecto, su traje perfecto, su mirada perfecta, sus músculos perfectos y su sonrisa perfecta. Y esto se trasladó a la Iglesia, entonces buscamos gente perfecta, que proyecta una imagen exitosa, que tiene todas las respuestas a nuestras preguntas, alguien que, como Superman, es a prueba de balas.
Todos cojeamos, de una o de otra manera. No todo lo tenemos resuelto, no somos perfectos, no lo sabemos todo, no somos a prueba de balas, somos propensos a desviarnos, no somos inmunes al engaño. No somos los súper hombres, ni las súper mujeres, somos seres humanos que dependemos de la gracia de Cristo todos los días de nuestra vida.
Jacob no salió ileso de este combate, le costó su cadera, pero salió transformado. Ya no era el suplantador, ya no era el pícaro que siempre quería ganar y nunca perder. Quiero que mires esta historia y te veas en ella, así la hayas leído un montón de veces o así sea la primera vez que la lees. He escrito de Jacob y de la cojera en muchos lugares, como aquí y aquí. Era un hombre muy astuto y robó la primogenitura de su hermano Esaú. Era un tramposo, un sinvergüenza, un embaucador que engañó hasta su mismo padre, era infiel con Dios. Jacob andaba asustando porque creía que su hermano venía a matarlo. Y entonces, antes de su encuentro, elaboró una estrategia para salir bien librado y se durmió esa noche en angustia y preocupación, como cuando tú te vas a dormir pensando en tus problemas y sin saber qué hacer. Y se despertó y envió a sus mujeres e hijos al otro lado del arroyo y él se quedó solo. Y estando solo, se le apareció este varón que era el mismo Dios y luchó con él.
Y Jacob iba ganando el combate y ya estaba amaneciendo. Fue una pelea muy larga y me imagino que estaban agotados, como los hombres que vi en la película. Entonces, el varón, para quitárselo de encima, lo descoyuntó en el último asalto y Jacob cayó en el cuadrilátero, vencido por completo. ¡Qué fuerte era Jacob en su naturaleza! Como tú y como yo. Dios venció la naturaleza de este hombre y le dio otro nombre, es decir, ese día él fue transformado.
Las circunstancias nos golpean de repente y no podemos parar la contienda, debemos resistir, hasta que el Señor nos dé una respuesta. Jacob fue bendecido no como quizás pensaba, Dios lo bendijo venciendo su naturaleza, desangrando su yo engañador y tramposo, derrocando su autosuficiencia, su arrogancia y su deseo constante de salirse con la suya. Su cojera fue un recordatorio de esta experiencia con Dios.
¿Cuál es tu cojera? ¿Has tenido esta experiencia? Dios tiene que debilitarnos para que aprendamos a depender de Él. Jacob debía aprender a confiar en Dios, a no utilizar a los demás para su beneficio, a no usar sus artimañas para que las cosas le salieran como él las planeaba, debía aprender a descansar en la fidelidad de Dios, no a forzar nada, ni a nadie.
Yo tengo mi cojera, además de mi cojera literal, pues mi rodilla a veces flaquea por una desviación patelofemoral. Y mi cojera me recuerda todos los días, que necesito de la gracia del Señor, que no puedo sola, que Él es suficiente cuando todo lo demás no lo es. Necesito ser salvada de mí misma en la cotidianidad de mi vida. Mis imperfecciones me enseñan a vivir pegada de la mano de Él y a no creerme el cuento de la perfección de nadie. Como escribió Elisabeth Elliot: “Los pedestales son para las estatuas”. No idealices a nadie.
Lo que nos hace cojear es una bendición del Señor, es gracia y es misericordia.
Así que te invito a que cuando veas a alguien que dice ser seguidor de Jesús o que predica de Él y no cojea, entonces duda, porque todo aquel que camina con Dios, está desencajado. Recuerda, caminar con Dios es un viaje largo, lento, sin prisa y sin pausa. Y la cojera nos mantiene fieles y dependientes de Él.
La novia de Cristo será presentada a su Novio sin mancha, ni arruga. Una Iglesia gloriosa, pura y santa, pero en esta tierra, aquí y ahora, debe estar desencajada, debe ser coja.
Hasta la próxima publicación.
A.L.
Hermosa, me encantan tus escritos.